Miorto

Mioroto

Fray Miorto Rosa Mesta, penidictino, seguidor de Onan. Solo se sabe que nació en el bosque, cerca de las montañas neblinosas, no es posible precisar la ubicación, ya que lo encontraron atado a una cabra con ropa de mujer, mientras ésta había entrado a comer basura a un templo.

Acto seguido de encontrarlo, los monjes lo adoptaron y se cría con ascéticos de las órdenes del clero testicular.

Comienza su entrenamiento con los puños y sus manos, y poco después practica algo con las legendarias Ben Wa Balls, pero sus maestros lo convencen de que es mejor con los puños. Aún recuerda algunas de las frases que solía escuchar durante sus sesiones de práctica. “Yik Mu, practica con Miorto y recuerda hacer llegar tu energía hasta adentro.” “Juguemos a las cosquillosas con Miorto.” “Porque llora Miorto?”

Un buen día mientras caminaba zambo hacia el pozo de agua, sangre derramando por su pierna, observó como un venado se agachaba a tomar agua, algo curioso observó, el ano no parecía como un tomate aplastado. “Qué chingados?” pensó Miorto “¿Por qué y la verga?”. Fue entonces cuando comenzó a cuestionarse algunas de las prácticas del templo.

Cada día odiaba más a los humanos, cada puje de ese día en adelante decidió que lo aprovecharía para entrenar sus glúteos, no tendría la oportunidad de escapar hasta años después, y el lo sabía.

Un silencio se presenta en el bosque, una ave despega del árbol de duraznos en la huerta. El sol a punto de esconderse, embelleciendo, dando un brillo que provoca nostalgia, un brillo del color de las espigas de trigo que cambian toda nuestra percepción de la realidad. Se siente una electricidad en el aire, como si pudiéramos detectar que está a unos segundos de comenzar a llover. Oímos el grito más desgarrador que jamás hemos escuchado a lo lejos, sabemos que se encuentra a distancia por el eco, pero el timbre percibido despierta algo muy primal, nos llena de inmediato de adrenalina, estamos alerta, comenzamos a percibir todo en cámara lenta, tenemos los segundos que dura el grito como tiempo suficiente para determinar que la fuente de tal resonancia seguramente habría deshebrado sus cuerdas vocales.

Regresamos al templo, un hombre de rodillas, sujetando su verga en la mano izquierda. Mirando sin ver hacia las nubes, no sabemos si esta sonriendo o si se le ha congelado la expresión debido a que ya no puede sentir más dolor. No antes de caer las primeras dos gotas que se escurren entre sus dedos, el hombre cae con medio giro al piso, sus últimos latidos apercibidos gracias a la pequeña fuente de sangre que surge de donde antes se encontraba su pene, cada vez más lento, cada vez más pequeño, cada vez más obscuro. Al transcurrir unos minutos, el hombre sigue tratando de comprender que había pasado, frecuentemente se le olvidaba y comenzaba a ver las nubes, luego sentía el dolor y trataba de acordarse de nuevo, solo para fallar y ver como una de las nubes parecía un conejo. Una mosca se detiene en su labio, emocionada por la fiesta que puede ver más adelante. Pero el hombre no la percibe. Solo sabe que siente un dolor en todo el cuerpo y que lo mejor sería no moverse. Finalmente, al transcurso de unos minutos más, comenzó a sentir calor, como si se hubiera meado en sus pantalones y fue poco a poco como se quedó dormido por última vez.

Miorto se acercó, se arrodillo a lado del ahora bulto humano, observó como su piel tenía menos color, con su mano tocó la cara del cuerpo, creyendo que sentiría frio, pero aún seguía caliente. Lentamente, Miorto lamió su muñeca y la colocó en frente de la boca de su maestro, satisfecho con que estaba muerto, giró, se bajó los pantalones y se cagó en el cuerpo. Caminando, con un glúteo acalambrado y el abdomen adolorido, Miorto se retiró.

Fue la última vez que alguien en el templo supo de Miorto…

Miorto

Alvaros, Ninjas y gente con problemas Miorto